
El último día del año 2019 tuvo lugar un encuentro de fútbol que es recordado como el más sangriento hasta la fecha entre dos cárteles mexicanos. El saldo del marcador se midió en víctimas mortales: 16 personas perdieron la vida y al menos otras cinco resultaron heridas.
El partido de fútbol tuvo lugar en un lugar nada común, el Centro Regional de Reinserción Social de Cieneguillas, una de las cárceles más peligrosas de México, situada en el municipio de Cieneguillas, en el estado de Zacatecas.
Los equipos eran todavía menos convencionales. Uno de ellos estaba formado por miembros de Los Zetas y el otro por miembros del Cártel del Golfo: dos organizaciones criminales con un largo historial de enfrentamientos.
¿Un encuentro de reconciliación?
Unas semanas antes había prendido la iniciativa de las autoridades del penal, a las que pareció buena idea organizar un encuentro entre los dos grupos rivales con la intención de rebajar la tensión y hacer las paces.
La jornada se planificó como un día especial, habida cuenta de la fecha, y se permitió la entrada de familiares y allegados, incluidos menores, para contemplar la contienda que en principio debía ser solamente deportiva.
El equipo de Los Zetas estaba capitaneado, fungiendo como director técnico, por un reo conocido como ‘El Diablito’, de quien se cuenta que a su llegada a esta prisión, en 2014, lo primero que hizo fue abofetear al director para marcar territorio, lo que dio su fruto, pues ese mismo día le cedió al grupo criminal el control de la tienda, los baños y la cocina.

Por su parte, el equipo del Cártel del Golfo tenía como asesor deportivo a un preso conocido como ‘El Mino’. Se le consideraba el sucesor de otro reo, conocido como ‘Comandante Miramón’, con quien ‘El Diablito’ se vio obligado a compartir el control de la prisión cuando comenzaron a llegar al penal más miembros del Cártel del Golfo, volviéndose enemigos declarados.
Un primer tiempo aburrido y un segundo lleno de sangre
El encuentro comenzó, como estaba previsto, a las 14.00 horas, con dos equipos y un árbitro en la tierra de la cancha y familias enteras contemplando un espectáculo que durante el primer tiempo llegó a resultar aburrido, llegando al descanso con un escuálido 0 a 0.
Sin embargo, tras la reanudación del encuentro todo se desbordó. Una multitud inundó el terreno de juego. Los Zetas sacaron las armas que tenían guardas y los miembros del Cártel del Golfo esgrimieron pistolas y cuchillos que tenían hasta entonces ocultas.
Se desató una batalla campal que tiñó de sangre el piso y que hizo que familiares, custodios y reclusos que no tenían nada que ver con el enfrentamiento corrieran despavoridos a esconderse de la matanza.

Crónicas posteriores de la jornada hablan incluso de escenas en las que se pateaba una cabeza recién decapitada como si fuera un balón y en las que se celebraban las bajas rivales como si se trataran de goles.
Se cree que las armas, incluidas al menos cuatro de fuego, fueron introducidas por las visitas ese mismo día del partido, puesto que el fin de semana anterior se había desarrollado una revisión para prevenir este tipo de enfrentamientos, en la que tan solo se encontraron armas blancas.
















