Del hombre nuevo al hombre chamuco

Operadores sandinistas en el interior de la Catedral de Managua destruyendo todo a su paso, con respeto mínimo a la Iglesia Católica.

Hace más de 40 años, apenas conociendo el exilio, comenzamos a escuchar sobre “el hombre nuevo”. Después de tanto tiempo, no es fácil identificar un auténtico espécimen sobreviviente de ese proyecto biológico que orgullosamente, pregonaban los jerarcas de la revolución.

Algunos dicen que el boxeador Ricardo Mayorga es el prototipo, el espécimen que encierra el triunfo y los logros de esa revolucionaria visión… los “mimados de la revolución”, según decía el implacable Tomás Borge. Muchos nacieron en las montañas, al calor de las francachelas, de los tragos de cususa, y las noches de luna en la llamada campaña de alfabetización. Otros, que la revolución cobijó con su manto en la pubertad, fueron sacrificados en las montañas durante la guerra contra los Contras, algunos fueron homenajeados con simbólicos y humildes funerales.

También, un buen número de ellos, fueron envidos a los países de la Cortina de Hierro y regresaron como expertos en represión y los que estudiaron algo diferente, se independizaron o nunca regresaron. Muchos que estudiaron en Cuba, viven ahora en Miami y prefieren no recordar. Allí me encontré una dama que cuando supo de mi vida militar, orgullosamente me dijo: <Yo también fui militar, soy licenciada en morteros>, como queriendo enfatizar el sueño esfumado de su juventud.

No se sabe si el “hombre nuevo” dejó de ser en 1990 pero en el fondo, ahora hay un “hombre chamuco”, cultivado en las escuelas y pulido sistemáticamente en las universidades que ya no tienen autonomía; lo visten de camisetas y lo usan de barra en las presentaciones políticas del dictador. Hace poco, una magistral exponente de esa refinada educación, modificó la Geografía al inventar un volcán Cocibolca y una ciudad Nicaragua en su competencia como reina de belleza. Así han instruido a las últimas generaciones, desangrando a la Patria de su elemento esencial y desperdiciando sus energías en partidaria vanidad, sólo para adular lo pasajero y perder la propia identidad.