Así era la verdadera vida en la Nicaragua sandinista de los 80

Las grandes filas siempre existieron hasta para comprar un jabón.

Para los años 80″s Dionisio Marenco, fue Ministro de comercio interior (MICOIN), que controlaban ENABAS, . MIcoin era el órgano represivo que les quitaba la producción agrícola a los campesinos que querían comercializarla por su cuenta, apoyados por la policía sandinista, que hacían tranques en las carreteras, para las requisas.

En 1986 el gobierno decretó un aumento del 100% de los salarios y congeló los precios de venta.

Fueron barridas las mercaderías de los supermercados de MICOIN por el exceso de circulante y luego la mercadería apareció en el Mercado Oriental a más del doble de su precio original.
En el edificio del Ministerio del Interior había un enorme rótulo que decía: “El centinela de la alegría del pueblo”. Y era cierto, porque con la represión que ejercían a través de los aparatos de “seguridad” lograban quitarle la alegría al más optimista. Todavía resuenan las consignas de su marchas: “A esta alegría el imperialismo le teme”.

Sin embargo el pueblo padecía una terrible escasez, carecía de alimentos, medicinas y ropa. Para poder comprar los productos básicos era obligatorio tener una tarjeta de racionamiento y la asignación era media libra de arroz, media libra de azúcar, medio cuadro de jabón y media cuarta de aceite, cada quincena, por persona. La tarjeta era entregada a través de los CDS (Comités de Defensa Sandinista), pero si el responsable de cuadra no la quería entregar por la razón que fuera, la familia quedaba fuera del racionamiento.

Los grandes líderes se daban siempre la gran vida.

En 1988 la escasez llegó a tal grado que no hubo arroz, ni aceite de cocinar, en los expendios vendían papas podridas y sebo para jabón procedente de Rusia y eso era lo que se cocinaba y comía. En ese mismo año impusieron el salario de estilo feudal, en especie, al que llamaron AFA y consistía en diez libras de azúcar, cinco libras de frijoles y diez libras de arroz al mes.

Los supermercados fueron denominados CAT (Centro de Abastecimiento de los Trabajadores), pero era preciso estar desocupado para poder comprar en ellos porque abrían a las diez de la mañana y cerraban a las cuatro de la tarde. Cuando había pollo lo tiraban al suelo para que la gente lo recogiera porque nunca había suficiente para todos. El desodorante, el dentífrico y el papel higiénico eran artículos suntuarios y extraños. Los hombres no tenían derecho a comprar toallas sanitarias y a las mujeres se les vendían cada dos meses. Y la leche para los niños la vendían sólo para el primer año de edad.

Supermercados vacíos.

Los zapatos eran de tela y se compraban a través de los sindicatos, una vez al año. En una ocasión una profesora del Instituto Nacional Miguel de Cervantes sólo pudo comprar media docena de pañales, y la apretujaron tanto que al siguiente día alumbró prematuramente a su niña.

Paradójicamente, se decía que los nicaragüenses siempre estaban alegres, pues cuando aparecía algún producto decían: ¡qué alegre que hay arroz! ¡qué alegre que hay carne! ¡qué alegre que hay pollo! ¡qué alegre que hay azúcar!.

El pueblo siempre vivió oprimido por el régimen.

Recuerdo cuando hacía fila para que nos dieran un par de libras de azúcar u otro alimento, luego regresaba a casa y en la televisión aparecían los dirigentes de la revolución combatiendo al “Imperialismo”… y me daba cuenta que a la vuelta del discurso ellos tenían la exclusividad de comprar en la “Diplotienda”, productos que ellos consumían y eran producidos por su acérrimo enemigo: “El Imperialismo”.