Narración sincera de lo que fue vivir bajo la tiranía sandinista dentro del Servicio Militar Obligatorio

Lo califica de una guerra innecesaria. En esa guerra murieron más de 50 mil jóvenes aproximadamente

Relato de Una de tantas historias, el 26 de febrero del 1990, miles de jóvenes recobraron la libertad, estaban presos en las unidades militares, obligados a “empuñar las armas” para defender no sé qué cosa absurda, la realidad es que a la fecha no se sabe cuántos miles de adolescentes y jóvenes nicaragüenses murieron en una guerra que jamás debió existir.

Y vos ¿dónde estabas el 26 de febrero de 1990?

Ese lunes yo estaba en la Brigada de Infantería Mecanizada (BIM) 29-92 Brigada de Tanques Oscar Turcios Chavarría, hoy Escuela de Cadetes, ubicada en el costado sur de la actual Colonia del Periodista, cumpliendo con el Servicio Militar Obligatorio o SMP, ya llevaba 14 meses allí. Toda la estridencia del sonido que habían montado en el Centro Recreativo La Piñata para celebrar y que había sonado durante todo el domingo se había venido apagando desde las primeras horas de la madrugada de ese 26 de febrero. La unidad completa llevaba una semana en Elevada, término que se usaba para definir que estábamos reconcentrados todos, oficiales y SMP listos para actuar.

El día anterior habíamos ido a votar y al regresar a la base nos apertrecharon con más municiones de lo normal, recuerdo que me dieron 6 granadas, la pechera y el AK y nos reunieron para bajar las instrucciones: debíamos estar listos para salir a la calle por si se daban disturbios por parte de la derecha.

Ese lunes todo era tensa calma, nosotros no sabíamos que estaba pasando, no teníamos comunicación para darnos cuenta lo que sucedía allá afuera y no sé cómo se filtró la noticia, los Sandinistas perdieron las elecciones, la mayoría de los amigos cruzábamos miradas de complicidad ante aquel hecho pero nadie conversaba sobre el tema, estás loco, quien iba a osar abrir la boca allí. Muchos de los oficiales parecían Zombis, estaban chocados, no sabían cómo reaccionar, atónitos, me pregunto quienes actuaban así por hipocresía y quienes verdaderamente se sentían chocados.

El Teniente Coronel José del Carmen Arauz (jefe de la unidad) y el Capitán Solórzano (jefe del estado mayor de la unidad) fueron los oradores principales por la tarde noche cuando nos concentraron para ponernos al tanto de lo que sucedía, ellos ya habían recibido las instrucciones de los altos mandos y les tocaba bajarlas a nosotros: Aquí no ha pasado nada, no se preocupen, todo seguirá igual, ustedes seguirán cumpliendo su SMP (como si nosotros fuéramos estúpidos o imbéciles muriéndonos de ganas por estar allí). Desde el campo y las calles le vamos a hacer la vida imposible al nuevo gobierno, no se preocupen que los vamos a joder a estos burgueses hasta el aburrimiento…..Y nosotros aplaudiendo y vitoreando al mejor estilo Güegüense aquellas instrucciones. Estaba naciendo el “Vamos a Gobernar desde Abajo”.

Unos días después la derrota y frustración evolucionó a ira (se rumoraba que la junta receptora de votos donde voto la unidad militar había sido una victoria aplastante de la UNO) y empezó la cacería de brujas, si quedabas viendo mal a un oficial o simplemente alguno de ellos tenía traído contra vos, te acusaban de contrarrevolucionario y te metían preso en la cárcel de la unidad.

La unidad se volvió una cárcel para todos. Solo los oficiales custodiaban los diferentes puntos de control para evitar que los cachorros desertaran. Mi otrora jefe, el Sub Teniente Mario Guerrero se portó leal conmigo, me llamo y me dijo que los oficiales de la CIM (contra inteligencia militar) me tenían fichado de elemento contra, y la orden era que me metiera preso.

Me llevo a la cárcel y me dijo que esa noche le habían dado permiso de ir a ver a su familia (después de estar concentrados por tres semanas) y que al día siguiente íbamos a resolver mi problema. Pero gracias a Dios no hubo que esperar al día siguiente, ya éramos libres. Esa misma noche logre salir huyendo de la unidad.

Saludo a mis amigos que también compartieron esa experiencia Manuel Arturo y Bernardo Patricio Rodríguez López.