Los Judas de nuestros tiempos

Estatua que rememoran el “beso de Judas”.

2000 años después de aquel sacrificio en Jerusalén, el cristianismo sigue captando a medias el mensaje sublime del Maestro. Por donde se busque, la fe pierde terreno porque el mensaje llega contaminado por los pastores encargados de transmitirlo.

“La traición es hermana de la oscuridad. Judas siempre será un cobarde y Cristo un héroe.” En algún lugar leí esta cita que me llamó la atención.

El cristianismo sobreviviente, en todas sus ramificaciones, es un continuo mea culpa. Sobran creyentes de buena fe, pero abundan pastores que miran en la otra dirección, profanando el Templo como lo hacían aquellos mercaderes que Jesús expulsó

En el catolicismo tradicional, algunas sotanas se han manchado por lujuria y materialismo calculado. En el protestantismo emergente, la irracionalidad y el mercantilismo opacan la Cruz. Los pastores que más predican, insisten en martillar el mensaje perdido y los fieles responden por tradición confundiendo la esencia con el manejo, el sacrificio con el diezmo, la labia con la caridad.

Los predicadores se transforman con un micrófono en mano: “curan males”, bailan, gritan y convierten el recinto en circo durante la primera mitad del culto mientras la segunda parte, es sólo para exigir el diezmo que garantiza el carro de lujo y la mansión a todo dar. Ese es el cristianismo dinámico que se expande por encima del auténtico y original.

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Y ahí están los demonios, sólo para recordarnos que el bien existe y que el mensaje de Cristo sigue siendo el mismo: Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo.

También, algunos pastores modernos alaban a los opresores y viven en una eterna <última cena> cultivando la gula, la avaricia y alabando al mandamás que controla la situación. Siempre piden cosas perecederas y reciben en recompensa, cosas perecederas, olvidando aquel sacrificio por la redención. Por eso, es necesario reconocer a los prelados que se mantienen firmes y dan el ejemplo, predicando con valentía, el mensaje correcto de esperanza y conversión como lo hiciera el Redentor ante el poder del César que se cría dios.