Las razones de Ortega

El dictador Daniel Ortega y el jefe del Ejército de Nicaragua, Julio César Avilés.

Por Joe Malkovich  – En Nicaragua cualquiera puede apostar su vida sobre cuál será el tema del próximo discurso de Daniel Ortega. Y lo hará sabiendo que no la perderá. Porque Ortega no puede hablar de otra cosa que no sea su propia versión de la Historia. La nacional y la ajena.

Pero si se apuesta la vida para adivinar cuándo fue la última vez que el dictador de Nicaragua se refirió a la economía nacional, al sistema productivo del país, la calidad de la educación, la situación del tejido social y moral de la nación, la manera cómo se ha usado la cooperación extranjera, o alguna referencia a los miles de nicaragüenses que huyen del país en busca de vida, es muy probable que la pierda.

Las razones que explicarían el apego de Ortega para hablar solo del pasado, ha sido comentado por personas entendidas y por expertos que uno puede encontrar en las barberías, taxis, paradas de buses y mercados.

Aquí te las resumo:

Ortega es una entidad política a la que le pusieron pausa en 1990, cuando perdió las elecciones el 25 de febrero de 1990, y le dieron play en enero de 2007, cuando volvió al gobierno con el 38% de los votos. Su cabeza sigue en los años 80 del siglo XX. Y nadie le ha dicho que ya desaparecieron el Muro de Berlín, la URSS y la Guerra Fría.

Es un anacronismo. Habla, manda y se comporta como un dictador de novela (la de José Mármol, Ramón del Valle Inclán, Martín Luis Guzmán, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Asturias, Mario Vargas Llosa, Tomás Eloy Martínez). Piensa que hay una conspiración en marcha para desalojarlo del poder. Un poder que es suyo y de nadie más. Por tanto, debe eliminar de todas las maneras posibles al enemigo, al que podría llegar a serlo, y al que no lo es, pero cuyo castigo sería aleccionador para las masas.

Porque sin su narrativa del Imperio y su invento del golpe de estado, no podría explicarle al país por qué el tejido familiar, social y moral está tanto o más desgarrado que hace 40 años. Cada muerto en el Río Bravo es una bofetada a su discurso. Cada nicaragüense que se va es un golpe a su supuesto liderazgo, porque en esa masa migrante se le están yendo de los suyos. Cada dólar desde las remesas le permite sobrevivir, pero también le muestra el desastre de modelo económico que le impone a todo el país.

Se cree predestinado, como también se lo creían los caudillos José Santos Zelaya, Emiliano Chamorro y Anastasio Somoza. Por eso, el discurso reiterativo de su mujer en sus medios de propaganda y aquella serie de sus rótulos gigantes repiten el slogan del dictador español Francisco Franco: por gracia de Dios.

Se cree un líder internacional y que cuando él habla el mundo escucha. Aunque no sea así. Hace poco despotricó en contra del presidente de Argentina, al que acusó de ser peón de los yanquis. ¿Saben si Alberto Fernández o su canciller han dicho algo? Eso explica por qué sus invitados son personajes como “el tío” Ralph Goncalves.

Su versión de la historia es su refugio frente a sus propias mentiras. Acá se pueden mencionar algunas monumentales, como la del canal interoceánico y la del sistema de mega riego con aguas del Lago Cocibolca, hasta aparentes minucias como que Haití fue el primer país del continente que se independizó de sus colonizadores europeos.

Ortega jamás se refiere a ninguna de sus enormes pifias. Alguien como él solo puede pedir disculpas cuando quiere conseguir algo. Por ejemplo, cuando pidió perdón a la iglesia católica por las barbaridades que le infligieron en los años 80. A cambió logró el silencio y el apoyo del fenecido cardenal Miguel Obando. Por cierto, similares a las barbaridades que ahora él y su vicepresidenta cometen en contra de esa misma iglesia.

Ya no puede hablar de otra cosa porque su condición mental no se lo permite. Esta tesis indicaría que el dictador se acuerda de lo que pasó hace años, pero está disociado de los eventos locales que marcan la historia del país. Esas cosas para él son minucia. Le interesa la invasión rusa de Ucrania, porque él es prorruso (guerra fría), y si lo dice arrechara a los yanquis.

La historia es una manera de ocultar la enorme corrupción en que se han convertido el estado, el gobierno y el partido del que él y su mujer se apropiaron. Los corruptos son siempre los empresarios, los de la derecha, los malos hijos de Nicaragua. Él y sus empresarios, militares, policías y serviles serían todo lo contrario. Parecieran encarnar 1984, la famosa novela distópica.

Ortega es un personaje de “Goodbye Lenin”. Se trata de un filme en el que el hijo y la hija de una señora que queda en coma en las fechas próximas a la caída del Muro de Berlín, hacen todo lo posible para que ella no se percate de que ya no existen el muro de Berlín, la República Democrática de Alemania, la URSS ni la Cortina de Hierro. Al final la señora se da cuenta de la verdad cuando desde la ventana del hospital ve pasar una grúa que lleva colgando una estatua de Lenin con rumbo al basurero.

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