Tino Pérez – Atrapado en su propio mundo, un mundo de vanidad, de apego a lo material, de arrogancia y ansias descontroladas de poder, el tirano abandonó el camino evolutivo del ser humano para hundirse en el pantano, en vez alojarse en el yo superior.

Los estudiosos aseguran que la evolución del ser humano está ligada a la espiritualidad; muchos pueblos se benefician cuando seres evolucionados tienen la oportunidad de conducirlos, porque saben superar el egoísmo que les permite dominar sus instintos bajos, en función de desapego, entrega y servicio a la nación entera.

En contraste, los ávidos de poder, lo buscan y se aferran a él con fines puramente personales, llevando a sus pueblos a la destrucción paulatina.

La escala evolutiva nos lleva a estados de conciencia donde se cultivan valores únicos como la ética, la estética, lo humanitario, lo heroico y lo altruista. El estado de cosas en Nicaragua, indica que Ortega va en la dirección contraria, hacia la oscura selva donde reina la bestialidad, el instinto animal despojado de espiritualidad. Muchos observadores enfatizan que su mujer, con conceptos esotéricos cuestionables, ha jugado un papel determinante en la involución de su esposo. Ambos han caído en una ilusión mesiánica, creyéndose “salvadores” de la nación, mientras sus estados anímicos permanecen cavernarios.

Lo más trágico es que el cavernario no está solo en ese mundo oscuro. La misma realidad torcida es percibida por muchos cómplices en el orteguismo actual asegurando una vida más cómoda, más personal, más familiar por haber caído ante la ambición.

Todos los allegados al dictador y su mujer, no tienen memoria, viven en un mundo de opulencia, de abuso de poder, de avaricia descontrolada y de anacronismo degradante.

Es un proceso involutivo descrito magistralmente por Thomas Adams de esta manera: “El ambicioso sube por escaleras altas y peligrosas y nunca se percata de cómo va a bajar: el deseo de subir ha anulado en él, el miedo de la caída”.