Tino Pérez – La vegetación se ha tragado lo que quedó de la mina de oro El Jabalí en las afueras de Santo Domingo, Chontales. En contraste con la actual explotación minera de La Libertad, de método superficial muy desastroso para el medio ambiente, en El Jabalí la explotación era en profundidad, con ascensor industrial conectando los diferentes niveles de exploración, rieles y vagones subterráneos, y frescos túneles interconectados.

En sus comienzos, en el siglo XIX, la mina fue supervisada operacionalmente por Thomas Belt, el naturalista inglés que estudió y describió nuestra flora y fauna magistralmente en su libro El Naturalista en Nicaragua, publicado en Inglaterra cuando regresó a su país. También, El Jabalí fue lugar de trabajo para aventureros y personajes de diferentes orígenes y culturas diversas. Allí nacimos, crecimos y aprendimos a soñar… y en la lejanía, esos días perduran en nuestra memoria.

En ruta al pueblo, a orilla del camino, vivía un extraño personaje; tenía un puesto de revistas, periódicos e historietas infantiles; de apellido Zúñiga, le apodaban “El Camarada”. Nunca pregunté por qué, pero un día escuché a uno de los mineros decir… <el comunista ese>. Luego mi padre me explicó en detalle sobre el apodo.

Pero allí, en su aislado puesto de distribución, se vendían los periódicos que llegaban de Managua, las revistas cubanas como Carteles y Bohemia y por él, por El Camarada Zúñiga, conocí a Tarzán, Hopalong Cassidy, El Llanero Solitario, Buck Rogers y Dick Tracy, entre otros personajes de esas historietas infantiles que llamábamos <paquines>.

Nunca olvido al viejo Camarada Zúñiga, aún veo su rostro barbado, con una apariencia de seriedad inquebrantable; no era fácil en esa época declararse abiertamente comunista, pero entiendo que aparte de su sentir ideológico bastante criticado, influyó culturalmente en muchos trabajadores que salían de las profundidades de la mina buscando el sol, muy ávidos de noticias y diversión escrita y gráfica.

La mina recordada clausuró sus actividades porque el oro, ya estaba muy profundo y los dueños no aprobaron mayor inversión. Al rato, todos aquellos personajes de mi niñez desaparecieron; a veces, veo sus rostros como escondidos en la maleza que se tragó caminos, carreteras e instalaciones abandonadas.

En noches serenas, algunos pobladores aledaños a las ruinas oyen ruidos que el viento disipa… pero no son más que lamentos y pesares que quedaron flotando, parecen lavarse con la lluvia y fundirse en la oscuridad con las luciérnagas que cuando niños, llamábamos <quiebraplatas>.