Por Tino Pérez
El primer Somoza conocido en Nicaragua llegó de España en el siglo XVIII y se radicó en Jinotepe, joyero de oficio, su nombre era Fernando Somoza y Robelo. Tuvo una prole numerosa cuyo primogénito fue Bernabé Somoza, considerado por algunos historiadores como un personaje de película. Lo describen como un hombre distinguido, campechano, de carácter fuerte y espíritu audaz. Tempranamente labró fama de guitarrista excepcional y de violento con el exceso de alcohol. De gran estatura y contextura musculosa, desarrollaba tareas que requerían de fuerza extraordinaria y por eso, sus amigos lo llamaban Somozón.

La familia Somoza, tempranamente adversó con la familia Matus de Jinotepe que eran conservadores y cuando uno de ellos llegó a ser alcalde intentó echar preso a Francisco Somoza, hermano de Bernabé por portar un sable más largo de lo reglamentario y Bernabé, en su defensa, se batió en duelo con el alcalde Matus quien llevó la peor parte.

Otro Matus de la misma familia fue abatido por Bernabé en Managua durante un enfrentamiento con los conservadores. Algunos cronistas extranjeros como Squier y Stout han dejado crónicas sobre este personaje: “La gente distinguida y de orden —dice Stout— temían a Bernabé pero lo estimaban las masas.”

Era el período de los Directores Supremos como José León Sandoval y Norberto Narváez, pero el poder real estaba en los Comandantes de Armas como José Trinidad Muñoz y Fruto Chamorro. Siempre en el bando liberal, Bernabé participó activamente en cada escaramuza y se le acusó de asaltante, atracador, guerrillero y patriota.

Su última acción militar fue en Rivas contra las tropas de Trinidad Muñoz. Los rebeldes de Bernabé llevaron la peor parte pero él logró escapar a San Jorge y allí esperó. Para juzgar a los capturados se organizó un Consejo de Guerra con Trinidad Muñoz a la cabeza, secundado por Fruto Chamorro. Días después, Fruto Chamorro viajó a San Jorge donde Bernabé esperaba y tras saludarle se rindió haciéndose voluntariamente prisionero. Tras una breve estadía en prisión, fue condenado a muerte y la ejecución se llevó a cabo el 21 de julio de 1849 junto a otros siete condenados. Se dice que cuando quisieron vendarle los ojos, expresó: “Repetidas veces he visto la muerte frente a mí. ¿Por qué no he de arrostrarla una vez más?

Seguidamente, dirigiéndose a la multitud, concluyó en estos términos registrados: “Muero inocente de los crímenes de que me acusan; si alguna vez he tenido que derramar sangre, ha sido por el bien de la República. He querido librar a mi patria de los vejámenes a que la ha sometido una potencia extranjera, alentada por la ineptitud de un gobierno incapaz. Si mi muerte fuere necesario para el mantenimiento de la tranquilidad pública, con gusto la recibo; los que me han seguido no tienen culpa alguna.”

Mientras los otro siete cadáveres recibieron cristiana sepultura, su cuerpo fue colgado de un poste de la ciudad. En estado de descomposición, su cuerpo permaneció colgado hasta que antiguos simpatizantes bajaron los restos del caudillo. Treinta y cuatro años tenía este reconocido personaje querido por unos y odiado por otros. Se dice que todavía después de muerto, sus enemigos mostraban inquietud y temor por la figura legendaria de Bernabé Somoza… Somozón.