Por Gioconda Belli
¿Cómo se oirá la lluvia en las celdas de El Chipote?
(Alguna vez fue ese el nombre del campamento de Sandino)
Imagino el sonido en el techo y a través de las ventanas,
las muchachas agradecidas por el frescor,
sentadas en el suelo con la espalda contra la pared,
recordando el ruido de los patios de sus casas,
la voz de sus madres o sus pasos apurados
yendo a quitar la ropa de los tendederos.
Muchachas jóvenes, obligadas a los camastros
al mal olor y el apretujamiento
Amaya, Victoria, Elsa, Yaritza,
con sus rostros sin marcas ni arrugas
todavía guardan el sonido de las risas en las marchas,
el cansancio de protestar, el entusiasmo de pensar
que libraban batallas para que no volvieran a morir
los muertos, los compañeros y sus nombres,
los que andaban escritos en cartelones
caminando entre la multitud.

No imaginaban entonces
que en ese país donde crecieron
las arrancarían de sus casas,
las enfundarían en trapos azules
les arrebatarían el sol.
Ellas no nacieron en un país donde siguieran pasando esas cosas.
Donde se repetirían las historias que les contaban de niñas
historias de masacres y cárceles y torturas.

No pensaron que podía sucederles a ellas,
alumnas aplicadas,
universitarias estudiosas
en los últimos años de sus carreras.

Pero allí están
oyendo la lluvia y la lista de culpas acumuladas en su contra.
Las armas en el suelo cuando las enseñaron a la prensa
y dijeron que eran ellas quienes las andaban,
armas que jamás habían visto.

Los carceleros no ponen atención a sus explicaciones,
pero ellas se las repiten en la oscuridad de las celdas.
Los argumentos de su inocencia
caen como la lluvia en los patios,
agua que se pierde en las acequias,
agua que el poder no recoge, ni quiere escuchar.

Nada de lo que digan será usado a su favor,
porque la verdad también pasa las horas con ellas
en las celdas oscuras donde llueve.