La quimera de los Ortega Murillo

Tino Pérez Tino Pérez – Oficialmente, el dictador es dueño absoluto de la Policía. De hecho, era una fuerza partidaria y ahora es familiar a través de su consuegro. Su consuegro dejó de ser jefe de facto y hora es el jefe, el Comisionado Mayor. En su último discurso, este jefe no ocultó su misión al decir en un estrado saturado de colores partidarios: Compañero, Compañera: ¡Ésta es su Policía!.

En el séquito del tirano nadie piensa, todos viven en su propio mundo, cobran cumplidamente sus jugosos salarios, interconectan sus negocios con las necesidades del Estado, le venden productos y servicios, le alquilan bienes y se vuelven privilegiados para saquear el erario nacional.

La horma está definida, es un régimen corrupto que maneja el Estado como una empresa comercial, la Policía como una compañía de vigilancia con licencia para matar y secuestrar, el Ejército como un cuerpo contratado para operaciones de estabilidad, el cuerpo legislativo como un grupo de empleados fieles y gritones y el cuerpo judicial como un grupo de verdugos que castigan con placer. Es un mensaje bien claro para los ilusos que abogan por entendimiento, por apertura mental. Aquí las cosas se hacen a su manera, en su tiempo y en su espacio. Es para volverse loco o hacerse más cuerdo.

Ésta es, según su pitonisa, una guerra entre ángeles y demonios y ya ustedes pueden imaginarse quienes se consideran ángeles y quienes son acusados de demonios.

Me entristece por los jóvenes que no tienen futuro, por los niños que crecen en un paraíso inventado y por los viejos que mueren en añoranza.

Para unos, es más apremiante salir del país; para otros, es más conveniente no venir. Y para la gran mayoría, lo que ya comenzó, no puede suspenderse. Pero no se puede ser optimista con este dictador… por lo que hizo y por lo que hace, ya se sabe de antemano lo que hará.

El país está secuestrado por los OrMu, está vigilado por sus huestes y martirizado por sus secuaces y cómplices a sueldo. Aniquiló la democracia incipiente y apuñaló la necesaria justicia. La justicia en manos del tirano se parece al relato que nos hace Séneca (4-65) sobre Pisón: Decía Séneca que Pisón condenó a un hombre a muerte por asesinato, apoyándose en pruebas endebles. Cuando la ejecución se iba a concretar, el supuesto “asesinado” apareció. El centurión que tenía a su cargo hacer cumplir la sentencia de muerte, rápidamente llevó a los dos hombres ante Pisón, explicándole el dilema que se había presentado. Entonces, Pisón condenó a muerte a los tres: acusado, “asesinado” y centurión, expresando en voz alta: ¡Que se haga justicia!

Luego, tranquilamente explicó que el condenado debía morir porque ya había sido condenado; también el centurión porque no había cumplido la orden; y el “asesinado” por ser el causante de la muerte de estos dos inocentes.
Cada día que pasa, el tirano se parece a Pisón a través de sus pobres decisiones, por el proceder de sus cómplices y el dolor que causan sus jueces verdugos. A través del poder absoluto el país es escenario de crímenes grotescos, es la “justicia con todo” ordenada en el Parque Japonés y supervisada día y noche desde El Carmen.

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