El gran fraude (de la revolución sandinista)

Por Tino Pérez
Los afectados se preguntan ahora: ¿Qué pasó con la revolución rescatadora del autoritarismo de antaño? ¿Hubo en realidad una revolución? ¿Qué cambió realmente? ¿Hay democracia, justicia, menos pobreza, mayor esperanza? Todo se redujo a un orteguismo que no deja de ser un estúpido monólogo de “grandes cambios, nuevas victorias y cristiana solidaridad”.

El mundo chamuco se ha proyectado bajo el paraguas de la ambición, y la ambición va acompañada de pobre juicio y escasa visión. Al respecto, nuestra historia es rica en ejemplos específicos de reconocidos políticos que, por saborear el poder, la ambición los doblegó. La ambición complicó el legado de Zelaya, manchó para siempre a Emiliano Chamorro, minimizó la proyección de Somoza García y sus descendientes y convirtió al presidente Alemán, en el más insigne villano de los últimos tiempos.

Bajo el mismo juicio y con ribetes inconcebibles de topo, se ha proyectado el mandatario actual.
Refiriéndose a este dictador, el diario El País de España publicó: “Para saber en qué quedó la revolución sandinista, basta con contemplar la figura actual de Daniel Ortega reelegido presidente de Nicaragua ahora por segunda vez (sin incluir aún la última) contra la propia Constitución. He aquí el diseño de un político lleno de conchas de galápago, la imagen física del corrupto pragmático y correoso, un revolucionario calvo, teñido y con tripa, el espejo roto donde se quedaron las canciones y los mejores sueños de una generación”.

La verdadera tragedia de la revolución es que sólo quedó en fotos que estimulan el recuerdo de una intención desvanecida por la corrupción, la envidia, la piñata, la rapiña, los desmanes y los crímenes encubiertos que transformaron ese fervor revolucionario en aprovechamiento desproporcionado y egoísta.

Todos los personajes de renombre en ese período de expectativas, han desaparecido del escenario público por rectificación o por vergüenza. Ortega, en contraste, se ha perfilado en legítimo portavoz de aquel eco de transformación seguido por un grupo de fieles interesados en la bonanza material que reemplaza la dignidad y el fervor bien intencionado.

Las sendas proclamas que el FSLN hizo públicas a través de las emisoras en cadena nacional como corolario a las acciones de Chema Castillo y el Palacio Nacional, estaban saturadas de términos denunciantes como <dictadura>, <oligarquía>, <burguesía>, <capitalismo>. Aquel eco de las ondas radiales, parece martillar y como un bumerang, debe posarse en la conciencia de Ortega, ahora sobrepasando en poder al personaje que era el blanco y objetivo de la revolución. En el análisis final, quizás la revolución no necesitaba a los OrMu pero los OrMu sí, necesitaban la revolución.

A 40 años de esa revolución, todo es involución en vez de evolución. Una Corte Suprema de Justicia que fomenta la injusticia. Un Consejo Supremo Electoral que avala el fraude electoral. Un Poder Legislativo convertido en aplanadora partidaria. Un Poder Ejecutivo en pareja de alcoba apostando a la cubanización con policía familiar, ejército pretoriano, parapolicías, paramilitares, fanáticos, ciegos, necesitados, aprovechados, desesperados y hordas satánicas.

Hay un parámetro, un ciclo trágico que no hemos podido romper para sacudirnos de esta maldición. En el siglo pasado, el Dr. Dana G. Munroe lo describió de esta manera en su obra, Las Cinco Repúblicas de Centro América:

“En una república centroamericana, un presidente hábil ejerce un poder absoluto, sin paralelo en cualquier parte del mundo civilizado. No tiene restricciones, como la tienen los monarcas absolutos de Europa y Asia, por tradiciones dinásticas o consideraciones religiosas; y tiene además poca necesidad de tomar en cuenta la opinión pública, mientras conserve la buena voluntad del ejército y de los burócratas que le deben sus posiciones. Puede, a menudo, reelegirse período tras período y no es responsable ante nadie por el ejercicio de su autoridad ni por el manejo de los ingresos públicos. Como el país es pequeño, puede y hace extender su control hasta asuntos menores y de importancia puramente local, incluso entrometiéndose en los asuntos personales de sus conciudadanos y en sus relaciones familiares sin respeto por los más sagrados derechos del individuo. Tiene también la capacidad para exiliar, encarcelar, o mandar a matar a sus enemigos, y confiscar sus propiedades, y a la vez puede enriquecer y favorecer a sus amigos”.