Horacio Ruiz – No puedo enumerar – y le pido a cualquiera que me corrija – ni un solo logro económico o social del sandinismo que haya perdurado en Nicaragua desde 1979, ni mucho menos del período totalitario Ortega-Murillo que está cerca de su final en medio de un holocausto.

Once años de revolución sandinista, más 17 años de “gobierno desde abajo”, más once años de orteguismo arriba, son casi cuatro décadas de total mediocridad y oscurantismo en los que ha vivido Nicaragua.

Un puñado de nuevos millonarios y una reducida clase empresarial, así como una mini clase media, compuesta en su mayoría por funcionarios, seguidores y otros cuadros intermedios del régimen, son los únicos beneficiarios de esa revolución que sumió al país en un atraso tan grande que es muy posible que jamás llegue a recuperarse.

Nicaragua marcha atrás en casi todos los rubros económicos en Centroamérica y, según los organismos financieros internacionales, solo Haití es más pobre, menos educado y con menos oportunidades de avance social.

La juventud nicaragüense no tiene forma de saber lo que en realidad fue Nicaragua antes. No tiene referencias de lo que hace 40 años era la sociedad en la que nacieron.

Solo para poner en perspectiva el fracaso histórico del sandinismo: El ingreso promedio per cápita en Honduras es 20% más grande que en Nicaragua y en la Bolivia de Evo Morales, un 30%. En época de Anastasio Somoza esos eran los países más pobres del hemisferio, después de Haití.
Nicaragua, al contrario, disfrutaba de una de las economías más prósperas de la región centroamericana.

Ortega nunca tuvo profesión – bachiller, le dicen en burla – y, en realidad, aparte de ser líder revolucionario y presidente, nunca ha trabajado. Es un ídolo guerrillero para individuos inclinados a la vagancia que admiran la riqueza fácil y la viveza del líder para escalar a costillas de los demás.

Daniel Ortega es tan mediocre que, sin ningún referendo o cualquier tipo de consenso nacional, por su voluntad omnímoda, hipotecó al país por 50 años a un empresario chino de oscura procedencia que prometió construir un canal interoceánico. Fue el hazmerreír del mundo y literalmente vendió la soberanía de nuestro país como lo hacían los caudillos del Tercer Mundo de hace 200 años

Y, cuando el mesiánico profeta bolivariano, Hugo Chávez, inundó de dólares a Nicaragua para adelantar su proyecto del Socialismo del Siglo XXI, el consorcio Ortega-Murillo creó su propia identidad financiera protegida de toda supervisión para que él, su familia y sus allegados, pudieran desviar los fondos y enriquecerse a manos llenas.

Ortega, que en julio de 1979 ingresó victorioso con sus ropas guerrilleras sucias, unas gafas desgastadas y un fusil, posee ahora una fortuna de centenares de millones de dólares.

Cuando doña Violeta Chamorro lo derrotó en las urnas, su gobierno encontró las arcas del Estado totalmente saqueadas por el FSLN. La revista británica The Economist considera que hoy el pueblo nicaragüense tendrá que pagar un precio (en moneda) hasta más alto con tal de deshacerse de él de una vez por todas.

Los Ortega-Murillo se han rodeado siempre de mediocres, fáciles de controlar. Todo su gabinete y los poderes del Estado están controlados por testaferros con poca o ninguna educación. Es tal la escasez de talento en el entorno Ortega-Murillo que su principal asesor económico es otro vago multimillonario salido de la dirección “histórica” del sandinismo, Bayardo Arce. Y el parlamentario más destacado del orteguismo es Edwin Castro, dormilón empedernido del hemiciclo que con sus pocas luces eclipsa a todos los demás parlamentarios rojinegros.

Charlatanes, pendencieros, rastreros, holgazanes, gritones, zafios y siempre dispuestos a destrozar, incendiar y matar, tal es la calaña de la militancia orteguista. Casi sin excepción.

Hasta la campaña del sandinismo que pomposamente anunció el fin del analfabetismo al comienzo de la revolución, ha terminado en desastre. Las cuentas de Facebook de los militantes sandinistas dan la impresión de estar escritas por personas profundamente iliteratas.

Y en la cúpula abunda el talento apócrifo. Al hijo del dictador, Laureano Ortega, se le dice tenor y jamás se le ha visto cantar una opera completa. Su mamá hace alarde de hablar varios idiomas y jamás se le ha visto hacerlo en público o en funciones oficiales.

El país, en general, no cuenta con los recursos humanos necesarios para competir en el Siglo XXI. Está muy atrás con respecto a países de la región como Guatemala y El Salvador y a años luz de Costa Rica o Panamá.

La revolución sandinista, de comienzo a fin, ha sido una involución para Nicaragua. Nuestro país es tan bello y el acerbo cultural de los nicaragüenses es tan hermoso, que no nos explicamos cómo pudo ocurrir esta calamidad de 40 años.

Cada día que pasa con los Ortega-Murillo en el poder puede ser un mes más de atraso para Nicaragua. Cuando pensamos en el país posible que nos gustaría tener, nos asusta lo mucho que hay que hacer y lo difícil que será el camino para las próximas generaciones de gobernantes, asumiendo que llegaremos a tener buenos gobernantes.

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